
Una taza rota. La fotografía de una mujer que ya murió. El zumbido del refrigerador. Una contraseña escrita detrás de un recibo. Dos aspirinas. Una bicicleta roja. La llegada del hombre a la Luna. El olor de una camisa guardada durante veinte años.
Puestos así, estos elementos parecen no tener nada que decirse y, sin embargo, algo ocurre cuando los leemos juntos. Nuestro cerebro empieza a buscar relaciones. Imagina una habitación, una persona, una pérdida. Intenta descubrir por qué alguien ha colocado una bicicleta junto a la Luna y dos aspirinas junto al recuerdo de una mujer.
La literatura conoce desde hace mucho tiempo esa posibilidad del lenguaje: poner juntas cosas que aparentemente no pertenecen al mismo mundo para construir con ellas un significado nuevo.
Es lo que conocemos como enumeración caótica.
Y aunque su nombre sugiera desorden, quizá convenga comenzar por una paradoja: una buena enumeración caótica tiene muy poco de accidental.
¿Qué es la enumeración caótica?
Enumerar es una de las operaciones más sencillas del lenguaje. Compramos pan, leche, huevos y café. Sobre el escritorio encontramos una computadora, un cuaderno, una pluma y un teléfono. Son enumeraciones convencionales porque los elementos pertenecen a una categoría reconocible. Podemos imaginar fácilmente el cajón donde guardarlos.
La enumeración caótica rompe precisamente ese cajón.
El filólogo Leo Spitzer estudió este procedimiento en su ensayo titulado «La enumeración caótica en la poesía moderna». Observó cómo determinados escritores elaboraban catálogos compuestos por elementos que parecían provenir de ámbitos completamente distintos. Objetos, personas, lugares, recuerdos, partes del cuerpo, acontecimientos históricos, animales, máquinas. La lógica clasificatoria desaparece, pero eso no significa que desaparezca el sentido.
La enumeración caótica acumula elementos sin una relación semántica evidente, por lo que se propone otra forma de relacionarlos.
Por eso no consiste simplemente en escribir cosas al azar. Una buena enumeración puede parecer desordenada en la superficie, mientras que debajo existe una estructura emocional, narrativa o simbólica muy precisa.
No todas las enumeraciones son iguales
Podemos comprender mejor el recurso si lo comparamos con otras formas de enumerar.
Una enumeración simple reúne elementos de una misma categoría:
Un tintero, varios folios, dos plumas, un lápiz.
Una enumeración ascendente organiza los elementos aumentando progresivamente su intensidad:
Lo miró, lo llamó, le gritó, corrió detrás de él.
También podemos acumular sinónimos para insistir sobre una sensación:
Estaba sorprendido, desconcertado, atónito.
La enumeración caótica hace otra cosa.
Imaginemos a una mujer esperando una llamada en la madrugada:
El teléfono, las uñas mordidas, Chernóbil, la humedad del techo, siete mensajes sin responder, la respiración de su hijo detrás de la pared, una ambulancia, el vestido amarillo que llevaba cuando conoció a Julián.
Aquí ya no podemos colocar las palabras dentro de una sola categoría y precisamente por eso comenzamos a preguntarnos qué las mantiene unidas.
La respuesta no está en los objetos. Está en la conciencia que los contempla.
Una forma de escribir cómo pensamos
Nuestra mente rara vez piensa mediante índices perfectamente organizados. Los recuerdos aparecen por asociaciones. Un olor puede devolvernos a una casa. Una canción puede traer el rostro de alguien. Una palabra escuchada casualmente puede conducirnos a un viaje ocurrido veinte años atrás. El presente se mezcla con la memoria. La memoria con el deseo. El deseo con el miedo.
Por eso la enumeración caótica resulta particularmente eficaz para representar el flujo de conciencia.
Imaginemos a alguien que espera fuera de un quirófano. Podríamos escribir:
Estaba muy nervioso mientras esperaba noticias.
La frase comunica la información, pero también podríamos intentar entrar en su conciencia:
Las luces blancas, el café de la máquina, los zapatos de su padre, una enfermera llamada Beatriz, la primera bicicleta, tres llamadas perdidas, Dios, aunque hacía veinte años que no creía en Dios, el olor del cloro, las once cuarenta y siete.
La segunda versión no nos informa, simplemente, de que el personaje está angustiado. Nos obliga a experimentar algo de su angustia. Ahí comienza la literatura.
Contar muchas cosas al mismo tiempo
Existe otro problema fascinante. La realidad sucede simultáneamente, pero el lenguaje es sucesivo. Mientras lees esta frase ocurren millones de acontecimientos en el mundo. Alguien nace. Alguien pierde un avión. Una mujer besa por primera vez a otra mujer. Un hombre descubre una mancha de humedad en el techo. Un perro atraviesa una avenida. Alguien recibe el mensaje que llevaba toda la mañana esperando.
Todo ocurre simultáneamente, pero para contarlo debemos colocar una palabra tras otra.
La enumeración caótica intenta rebelarse contra esa limitación. Acumula imágenes a tal velocidad que se crea la ilusión de que varias cosas suceden al mismo tiempo ante nosotros.
Por eso, el recurso ha resultado tan poderoso para escritores interesados en representar ciudades, multitudes, sueños, estados alterados de conciencia o experiencias en las que la realidad parece exceder nuestra capacidad de comprenderla.
La ciudad también puede ser una enumeración
Piensa en caminar por una avenida cualquiera. Un semáforo. Dos motocicletas. Publicidad de un teléfono celular. Una mujer vendiendo flores. Un edificio de cristal. Un hombre dormido sobre una banca. Una alarma. Un niño mirando una pantalla. Una bolsa de plástico atrapada en un árbol. La sirena de una ambulancia.
La ciudad contemporánea nos obliga permanentemente a procesar estímulos que no guardan una relación evidente entre sí. Por eso la enumeración caótica también puede transmitir alienación, saturación y fragmentación.
No describe solamente una ciudad, puede conseguir que el lector experimente su velocidad.
El caos necesita ritmo
¿Cómo evitar entonces que una enumeración se convierta simplemente en una lista interminable?
Mediante el ritmo. Existen dos procedimientos especialmente útiles. El primero consiste en eliminar conectores.
En lugar de:
Había fotografías y cartas y botellas y zapatos y periódicos.
Podemos escribir:
Fotografías, cartas, botellas, zapatos, periódicos.
La frase se acelera. Los objetos parecen precipitarse unos sobre otros. El segundo procedimiento trabaja en dirección aparentemente contraria: repetir una palabra o una estructura al comienzo de cada segmento.
Recordó la casa. Recordó el incendio. Recordó las manos de su madre. Recordó una naranja sobre la mesa. Recordó que aquella mañana había nevado.
La repetición crea un esqueleto. El contenido puede dispersarse porque el ritmo lo mantiene unido. Es una de las grandes paradojas de la enumeración caótica: para escribir el desorden necesitamos construir un orden.
El verdadero secreto: encontrar el ancla
Hay un momento en que la acumulación debe detenerse. Si continuara indefinidamente, perdería intensidad. Por eso muchas enumeraciones necesitan un elemento capaz de reorganizar retrospectivamente aquello que hemos leído. Un objeto.Una palabra. Una persona. Una revelación.
Volvamos al comienzo:
La taza rota, la fotografía, el refrigerador, la contraseña, las aspirinas, la bicicleta roja, la llegada del hombre a la Luna, el olor de aquella camisa.
Podríamos terminar: Todo seguía exactamente donde ella lo había dejado.
De pronto cambia la lista. Ya no estamos observando objetos. Estamos observando una ausencia. Ese elemento final funciona como ancla: revela la relación secreta entre las cosas.
Un ejercicio de escritura
Puedes probarlo ahora.
Elige primero una emoción:
deseo, miedo, nostalgia, culpa, enamoramiento, duelo.
Después escribe quince elementos pertenecientes a mundos diferentes.
Incluye:
- algo del cuerpo;
- un objeto tecnológico;
- un recuerdo íntimo;
- un acontecimiento histórico;
- un olor;
- un lugar;
- algo aparentemente absurdo.
No intentes relacionarlos todavía.
Después pregúntate: ¿quién podría pensar todas estas cosas al mismo tiempo?
Ahí puede aparecer un personaje.
Luego busca una situación que explique su estado: una despedida, una espera, una llegada, una pérdida, un descubrimiento.
Finalmente, encuentra el elemento que dé sentido al conjunto.
No necesitas explicarlo. De hecho, probablemente sea mejor que no lo hagas. Confía un poco en quien está leyendo.
No se busca el caos por el caos
La enumeración caótica puede desembocar en la angustia, la fragmentación y la pérdida del yo; pero también puede ascender hacia otra cosa: la celebración de la materia, la abundancia de la vida, el deseo de abarcar una realidad demasiado grande para caber dentro de nuestras clasificaciones.
Por eso sigue siendo una herramienta narrativa extraordinariamente contemporánea. Vivimos rodeados de estímulos. Pantallas, conversaciones, imágenes, noticias, recuerdos, mensajes, cuerpos, anuncios, canciones. Nuestro mundo se parece cada vez menos a una oración perfectamente construida y cada vez más a una lista que alguien dejó abierta.
La tarea del escritor no consiste necesariamente en ordenar ese mundo. A veces consiste en algo mucho más interesante: en descubrir qué significado aparece cuando permitimos que sus fragmentos se toquen.
Roedor de Lencería | Taller de escritura
En Roedor de Lencería nos interesan las herramientas narrativas no como fórmulas, sino como posibilidades. Una técnica funciona cuando encuentra aquello que solo ella podía contar.
En la siguiente entrega de esta serie veremos cómo Walt Whitman, Pedro Salinas, Pablo Neruda y Jorge Luis Borges utilizaron la enumeración para lograr cuatro efectos completamente distintos: celebrar el mundo, desprenderse de él, mostrar su descomposición e intentar contener el infinito.










