De los ochenta a los veinte
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Es fácil evocar tiempos lejanos, idealizarlos, admirar las viejas fotografías en blanco y negro Mucho más difícil resulta el recordar épocas cercanas, de engañosa similitud; es laborioso retroceder a la mentalidad que teníamos hace no más de diez o quince años atrás «Viajar un poco en tren por Europa llevaba incluido ese elemento de riesgo, del vértigo de la soledad y la sombra de lo ignoto e impresionante (¿qué se hace en una minúscula estación desierta y oscura durante cuatro horas de la noche hasta que salga un tren…?), que hoy brilla por su ausencia ya sea en la cumbre del Himalaya, o en la última isla del Pacífico, donde, con la tranquilidad del selfie enviado, la sensación de seguridad e integración en el sistema es como la de estar en el sofá de casa». «La popularización de la fotografía digital, en torno al año 2000, ya supuso el primer golpe verdaderamente mortal para la capacidad de almacenar imágenes en la memoria» ¿Dónde queda el deleite genuino y verdadero de contemplar cosas bellas, por el deleite mismo? Aquel proceso de antaño que engarzaba pasado, presente y futuro y enriquecía la vida espiritual en unas horas de contemplación. ¿Es contradictorio, evocar unos decenios de aridez y a la vez añorar el elemento de imaginación y deseo que era entonces tan intenso? Acaso una cosa esté relacionada con la otra
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