El quimerista, un ataque feroz a las emociones

La novela de Alfonso Suárez, galardonada con el Premio Iberoamericano de Cuento y Novela Ventosa Arrufat – Fundación Elena Poniatowska Amor, es un torbellino en medio de una narrativa impetuosa

Quimerista no es una palabra sencilla. Usarla como título de una novela es lo mismo un acierto que un signo de interrogación. Cuando se anunció el resultado del Quinto Premio Internacional de Cuento y Novela Ventosa Arrufat – Fundación Elena Poniatowska para el guionista Alfonso Suárez, el título de su novela me remitió a un protagonista pendenciero, antes que a uno amigo de la fantasía y los seres sobrenaturales.

La culpa de esa premonición errada –aunque no del todo equivocada— la tiene, por supuesto, la Real Academia Española. Y es que, si en las páginas de su diccionario se buscan las acepciones para esta palabra, uno encuentra que solo existen esas dos:  un quimerista es una persona que se ilusiona o cree en cosas irrealizables o sin fundamento; pero también puede ser alguien que ocasiona o mueve riñas, discusiones o disputas.

Al comenzar la lectura de la novela, descubrí que no se trataba ni de una cosa ni de otra. El quimerismo, nos explica el narrador –con abundancia técnica, pero en un lenguaje llano y fácil de comprender—, es una condición genética que padecen algunas personas, quienes debido a ésta sufren mutaciones en sus células, por tanto, son propensas a padecer cáncer.

La historia va, precisamente de un hombre, en edad madura, derrotado, deprimido, fracasado, quien padece de quimerismo y quien se enrolla con una mujer casada con un prestigioso oncólogo. No contaré más sobre la trama. Sí, en cambio, hablaré de las virtudes del texto.

El quimerista es una novela que ataca las emociones con ferocidad. Nos lleva a sentir una ira profunda con la vida, con el sistema, con la injusticia social y hasta con el destino mismo. También nos atrapa en la desesperanza, con esa sensación de pelear una batalla perdida; pero además de quien pone la cara, con los brazos rendidos, para recibir el próximo golpe y aún así mantener una mueca burlona. Nos traslada al deseo carnal más puro, más animal, sin ataduras, lo mismo que al amor sin limitaciones. La frustración está tan presente como el placer. La obsesión se contrasta, constantemente, con el desapego.

Todo este torbellino de emociones, transcurre en el medio de una narrativa impetuosa, que nunca suelta al lector. Se lee con gran fluidez, porque cada palabra atrapa, porque cada oración nos revela algo; porque cada pausa, cada silencio, nos esconde un secreto que promete ser detonante, más tarde, de un desenlace conmovedor.

Al final, el protagonista, además de padecer el quimerismo, resulta ser un quimerista en la absoluta acepción que yo esperaba: un ser humano en toda la extensión de la palabra, dispuesto a expresar sus frustraciones con las manifestaciones más tóxicas de la conciencia; ávido de cobrar venganza contra un médico corrupto, contra un sistema podrido, contra una mujer desapegada, contra un amor desmedido, contra una fortuna adversa, contra todas las injusticias que enfrenta.

«Escribí esta novela para no convertirme en esa persona, en ese personaje terrible», me confesó Alfonso el día en que lo conocí. No pude advertir en aquel autor que proyecta una paz interior profunda, esa quimera a la cual tuvo tanto miedo en un tiempo oscuro. Ni un rasgo que remita a la fiereza del león, ni una expresión que reflejara la tempestad de una cabra descontrolada, ni mucho menos el fuego en las palabras o la cola del dragón implacable. Al final, tal vez, el cometido que se propuso al escribir logró exorcizar aquella criatura pendenciera que se esconde entre la nobleza de sus maneras.

Lo cierto, lo gratamente cierto, es que al escribirla nos legó una novela maravillosa, que además nos permite reflexionar sobre nuestros propios demonios.

El quimerista

Alfonso Suárez

Sial Pigmalion / Dirección General de Publicaciones BUAP