
Alguna vez, un escritor peruano, galardonado con el Nobel, escribió que, al hacer narrativa, lo que en realidad realizaba el autor era una especie de striptease, pero a la inversa, porque en lugar de quitarse prendas, el escritor -mediante la anécdota- se presenta desnudo al lector y luego va vistiendo la historia y los personajes para cubrirse con los artificios de la literatura.
Otro Nobel, que no peruano, Orhan Pamuk, alguna vez quiso desmontar esa teoría. En su libro El novelista ingenuo y el novelista sentimental, relata una charla con un colega suyo mientras caminan por las calles de Estambul, burlándose un poco de los lectores que querían encontrarlos entre sus textos, cuando de pronto se descubrió frente a un edificio en el cual había habitado muchos años antes. El compañero de tertulia se detuvo. Aquello parecía un adelanto de despedida, pero Pamuk preguntó qué hacían allí. La respuesta fue tremenda: «pensé que todavía habitas aquí cuando visitas tu tierra». La asunción venía nada más y nada menos de las descripciones del barrio y la fachada de aquel edificio, plasmadas como el entorno en el que residía el protagonista de su más reciente novela. Había entonces, sí que lo había, mucho del autor escondido entre tanta y tan buena literatura.
Traigo a la sazón estas dos historias, primero, porque el primer Nobel citado, Vargas Llosa, es un personaje incidental del cuento que cierra El viajero onírico, un fantástico compendio de relatos de Jorge Casilla. Y segundo, porque he encontrado en este maravilloso libro la oportunidad de conocer más de cerca al autor, sus gustos, sus pulsiones y sus obsesiones.
A Jorge lo conocí hace un par de años, cuando resultó galardonado con el Premio Ventosa Arrufat – Fundación Elena Poniatowska Amor, precisamente con el cuento «El furor de las horas», el relato que cierra El viajero onírico en el que se incluye, sin nombrarlo, a Vargas Llosa, y que retrata fielmente la egolatría del mundo literario y sus constantes arrebatos entre autores. En aquel breve encuentro que tuvimos, durante los días de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, aprendí de su carácter afable, de su entusiasmo por la literatura fantástica y de su prolijo lenguaje. Entablamos una amistad que ha perdurado por la vía de los mensajes electrónicos, en la cual hemos compartido nuestros intereses literarios escuetamente.
Dicho todo esto, quiero contar un poco de la experiencia que ha sido leer El viajero onírico y cómo, con mis obsesiones de lector sentimental, voy advirtiendo un conocimiento más profundo de Jorge, el autor, pero también de Casilla, el amigo.
Jorge, el autor, antes que cualquier otro género, disfruta la fantasía. Me lo ha dicho él mismo, sorprendido por haber sido galardonado con un cuento totalmente anclado en la realidad; pero también lo he notado cuando leí El libro de los pájaros negros. Él se siente y se lee cómodo cuando nos obliga a trasladarnos a realidades que son difíciles de explicar con las reglas físicas que conoce la ciencia, lo hace dejando en el lector la sensación de no entender bien si lo que sucede en el cuento puede ser realidad o solo un sueño.
Por eso, al abrir El viajero onírico, encontrarse con un relato en el cual tres Cervantes trabajan para continuar con la gran obra maestra del Castellano no es una sorpresa, pero sí una gran satisfacción. A partir de ese momento uno comienza a descubrir a Casilla, el amigo, quien lee a los clásicos con profundidad, quien los disecciona, quien los atesora, quien los compara y los colecciona escudriñando las más pequeñas diferencias, para encontrar, en esos resquicios, en los intersticios que existen entre las letras, la posibilidad de nuevas historias, adormecidas por la ensoñación de sus lectores.
Uno a uno, los relatos de El viajero onírico, nos van revelando, entre los ropajes de historias tremendamente bien contadas, el gusto literario de Jorge, su profesionalismo catedrático para explicar, con maestría, mientras relata un cuento aparte, las expresiones más clásicas de la poesía, su métrica y su metáfora. Hay también, enredado entre esas prendas literarias, el amor que el autor tiene por las bibliotecas, su vena de bibliófilo, el amor por las ediciones bien realizadas, desde lo literario hasta la selección del papel de imprenta. Se advierte, también, un respeto claro por la literatura policiaca –incluso cuando las soluciones de sus historias vengan más desde los mundos paralelos a este mundo, que de la perspicacia deductiva de los protagonistas— y el placer de explorar la ciencia ficción, desde el futurismo y la distopía.
En esta colección de cuentos están sin duda escondidas todas las facetas del autor: la de lector ávido, la de profesor comprometido, la de enamorado del esoterismo y lo sobrenatural, la de intelectual refinado, la de amigo leal.
Sin embargo, no es este torbellino de revelaciones lo más importante, sino las historias exitosamente bien contadas, diseñadas para atrapar y no soltar al lector, cuyo lenguaje y ritmo resultan vastos y conmovedores y muchas otras cualidades que no he querido revelar aquí, porque es necesario que el lector se acerque y las haga por sí mismo. Para quienes han leído El libro de los pájaros negros, será un deleite encontrar ahora un escritor más sólido, más maduro, más completo, pero tan rico en su lectura como en sus inicios. Para quienes se acerquen con El viajero onírico por primera vez a la obra literaria de Casilla, hay la garantía de que encontraran historias fantásticas, frescas, profundas y emocionantes.
Gracias Jorge, gracias de retorno, por estos relatos y porque tú también has sido imprescindible para evitar que las voces de otros autores nos volvamos ficción o estadística.
El viajero onírico
Jorge Casilla
Colmena Editores










