Para contar una historia, necesitas una anécdota.
Algo que sucedió, que puede suceder o que podría haber sucedido.
Esa anécdota tiene una línea de tiempo.
La tiene porque es un cúmulo de pequeños hechos, que se suceden unos a otros, hasta llegar a un desenlace.
Ese tiempo, es el tiempo de tu historia.
La cosa es que contar así, linealmente, es aburrido.
Y, además, le permite muy fácilmente a nuestra audiencia anticipar el final de la historia.
Y, ya lo sabes, cuando ya sabemos qué va a pasar, lo que nos cuentan nos deja de interesar.
Como lo que necesitamos es sorprender y conmover a quienes nos leen, nuestros relatos deben ser contados con otro tiempo.
Uno que nuestro narrador se invente a placer.
¿Por qué?
Porque solo así podremos mantener el interés del lector.
A ese otro tiempo, el que vamos a usar para contar la anécdota, le vamos a llamar el tiempo de la narración.
En los siguientes posts vamos a hablar de varias formas de manipular el tiempo de lo narrado.
¿Te animas a seguir este hilo?
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